P de Psicodrama


A. disfrutaba viendo sufrir a la gente, lo mismo que las abuelas leyendo necrológicas. No podía disimular ni reprimir su gozo ante las desgracias ajenas. Por eso mismo, cuando un amigo se acercaba a él para contarle sus problemas, no perdía la ocasión de escuchar con un interés que sólo en apariencia era sincero.
Muchos se dirigían a él confiadamente. No se daban cuenta de que, tras ese gesto inexpresivo, inalterable, se encontraba un espíritu insaciable, que no se cansaba de mascar tragedias.

Nuestra amistad, un desastre

Éramos por aquel entonces poco más que quinceañeros. Y eso viene al caso porque, como es natural, hacíamos cosas de quinceañeros. No quiero decir que ahora no las hagamos, que las seguimos haciendo, y mucho. El caso es que en aquella época éramos unos chavalillos, y hacíamos cosas de chavalillos.
F. me había invitado a su casa a ver una película, lo que constituía una de nuestras principales formas de diversión. Además esa tarde le habían dejado solo en casa, de manera que seríamos dueños y señores del salón por unas horas.

De su habitación sacó el VHS: Contacto sangriento, la de Jean Claude Van Damme. Sobre la mesa del salón teníamos unas latas de Coca-Cola. Así que todo, casi todo, estaba preparado para el festín.

Como no podía ser de otra manera, nos dirigimos a la cocina, a ver qué encontrábamos que se pudiera comer. F. abrió la nevera, que estaba a rebosar de refrescos, platos preparados, verduras, postres… Y un tarro de tomate frito se deslizó hasta caer sobre sus piernas, y de ahí el suelo.

C de Cortinilla



Mucha gente habla empleando frases hechas. Esa es una verdad como un templo. Esa gente, para hacernos ver que lo que dicen es importante, utilizan argumentos maestros del tipo, "Quien a buen árbol se arrima..."
Lo recomendado es no llevarles mucho la contraria, porque si apelan de forma tan certera a la sabiduría popular, ¿quiénes somos nosotros para oponernos? Las frases hechas que usaban los abuelos, los padres, revelan un conocimiento ancestral al que no podemos sustraernos por más que lo intentemos.
Más preocupante era el caso de mi amigo D.N. Éste no sólo usaba frases hechas, sino que todas las sacaba de la radio y la televisión. Por lo tanto, a cada frase hecha le acompañaba la melodía estúpida de un anuncio, o el aplauso invisible, las risas enlatadas del público. A eso lo llamábamos cortinilla.
Al principio intentamos no tomárnoslo muy en serio. No nos queríamos dar cuenta de que, simple y llanamente, esa era su manera de percibir el mundo. De que vivía como si el salón de su casa fuera el plató donde se rodaba el "Un, dos, tres".

Conociendo chicas

Me apasionan las adolescentes. Cuando aún no han llegado a la veintena, todas son de órdago, y no sólo me refiero a que tengan las tetas más duras o la piel más suave, sino a su propia naturaleza ácrata y egoísta, de no hacer caso a ni dios, de buscar siempre la diversión, el placer. Si ven a un chaval guapete, pues se lo dicen. Si ven a uno malformado, pues también. Y si echan un quiqui, lo hacen con entusiasmo. Quizás de manera intuitiva, de manera inexperta, pero con verdadero entusiasmo.
Aquí donde trabajo, en la conserjería, hay de todo. Desde chavalillas que van dejando la adolescencia hasta amas de casa de sonrisa complaciente, de esas que disfrutan ayudando a los demás, apadrinando niños de Bielorrusia o hasta comprando artilugios de teletienda. Yo diría que más que en un call center trabajo en un inmenso zoológico en el cual estudiar cerca de trescientas muestras de féminas.