Nuestra amistad, un desastre

Éramos por aquel entonces poco más que quinceañeros. Y eso viene al caso porque, como es natural, hacíamos cosas de quinceañeros. No quiero decir que ahora no las hagamos, que las seguimos haciendo, y mucho. El caso es que en aquella época éramos unos chavalillos, y hacíamos cosas de chavalillos.
F. me había invitado a su casa a ver una película, lo que constituía una de nuestras principales formas de diversión. Además esa tarde le habían dejado solo en casa, de manera que seríamos dueños y señores del salón por unas horas.

De su habitación sacó el VHS: Contacto sangriento, la de Jean Claude Van Damme. Sobre la mesa del salón teníamos unas latas de Coca-Cola. Así que todo, casi todo, estaba preparado para el festín.

Como no podía ser de otra manera, nos dirigimos a la cocina, a ver qué encontrábamos que se pudiera comer. F. abrió la nevera, que estaba a rebosar de refrescos, platos preparados, verduras, postres… Y un tarro de tomate frito se deslizó hasta caer sobre sus piernas, y de ahí el suelo.
En su viaje, el tarro fue empapándolo todo con ese tomate, que por su color, se nos antojaba la sangre de una escena del crimen. El interior de la nevera, las piernas de F., el marco de la puerta, el suelo, brillaba como la sangre.

No pude evitar la risa, y de un mal golpe que di a la pared, hice que cayese al suelo un pequeño cuadro, rompiéndose en mil pedazos el cristal, quedando ya inservible el marquito de madera. F. llegó hasta el baño intentando no pisar los cristales para lavarse las piernas de cualquier manera. Entonces decidió limpiar también sus chanclas de piscina, pero al estar mojadas de tomate, se le resbalaron de las manos y cayeron a la taza del water, de donde las sacó con un gesto de asco mal disimulado.

Siempre me he acordado mucho de todo aquel estropicio; lo que no recuerdo es si vimos o no la película de marras. Ya entonces empecé a pensar que nuestra amistad iba a ser un desastre.

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