
Mucha gente habla empleando frases hechas. Esa es una verdad como un templo. Esa gente, para hacernos ver que lo que dicen es importante, utilizan argumentos maestros del tipo, "Quien a buen árbol se arrima..."
Lo recomendado es no llevarles mucho la contraria, porque si apelan de forma tan certera a la sabiduría popular, ¿quiénes somos nosotros para oponernos? Las frases hechas que usaban los abuelos, los padres, revelan un conocimiento ancestral al que no podemos sustraernos por más que lo intentemos.
Más preocupante era el caso de mi amigo D.N. Éste no sólo usaba frases hechas, sino que todas las sacaba de la radio y la televisión. Por lo tanto, a cada frase hecha le acompañaba la melodía estúpida de un anuncio, o el aplauso invisible, las risas enlatadas del público. A eso lo llamábamos cortinilla.
Al principio intentamos no tomárnoslo muy en serio. No nos queríamos dar cuenta de que, simple y llanamente, esa era su manera de percibir el mundo. De que vivía como si el salón de su casa fuera el plató donde se rodaba el "Un, dos, tres".
Cada vez que hablaba, hacía el gesto de presionar el pulsador, como en esos concursos estridentes donde uno gana un coche, o un mes, gastos pagados, de estancia en un apartamento de Torremolinos. Mi amigo estaba convencido -pongo la mano en el fuego- de que cualquier mañana, Farrah Fawcett y el resto de Ángeles de Charlie, entrarían en su dormitorio con un buen zumo de naranja, todas ellas dispuestas a masajearle las pelotas.
Cada vez que hablaba, hacía el gesto de presionar el pulsador, como en esos concursos estridentes donde uno gana un coche, o un mes, gastos pagados, de estancia en un apartamento de Torremolinos. Mi amigo estaba convencido -pongo la mano en el fuego- de que cualquier mañana, Farrah Fawcett y el resto de Ángeles de Charlie, entrarían en su dormitorio con un buen zumo de naranja, todas ellas dispuestas a masajearle las pelotas.
D.N. disfrutaba recitándonos sus cortinillas, imitando las voces de sus locutores favoritos, y no desperdiciaba una sola ocasión para animar el cotarro con una de esas locuciones.
Los amigos nos empezamos a acojonar. Yo llegué más lejos, y durante una época pensé que había sido poseído por el espíritu de Encarna Sánchez o Luis del Olmo. Incluso propuse que le practicáramos un exorcismo, pero no fue buena idea. No. Porque si él se había ganado a pulso el estatus de majarón dentro de nuestro grupo, a causa de mi propuesta, durante unos días, yo llegué a usurparle ese trono. Y no terminaba de gustarme el papel.
Pasaba el tiempo, y él seguía, dale que dale, con sus cortinillas. Lo peor es que su estado había avanzado: ahora no sólo sacaba su repertorio de las emisoras más horteras o el horario de máxima audiencia. Resulta que D.N. había comenzado su regresión a la adolescencia, esa época querida, y no paraba de sacar a colación cosas que, de esto estoy seguro, sólo él recordaba.
Si citábamos a un tal Camarasa, respondía:
-Cuatro cero, y Camarasa de portero.
Ya no éramos capaces de seguir el hilo, y nos tenía que explicar la historia: al parecer, un partido de fútbol de segunda regional que se celebró allá por 1980, blablabla...
No exageraré si digo que todos empezábamos a estar francamente molestos con el asunto. De manera que nos propusimos hablar con él. Le invitaríamos a un bocata de mortadela en un parque, para allí, a la sombra de los árboles, rogarle que dejara el dichoso jueguecito.
Pues bien, en cuanto mordió su bocadillo, engoló la voz para decirnos... lo bueno sale bien...
Pero, ¿alguien había dicho Pescanova?
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