Conociendo chicas

Me apasionan las adolescentes. Cuando aún no han llegado a la veintena, todas son de órdago, y no sólo me refiero a que tengan las tetas más duras o la piel más suave, sino a su propia naturaleza ácrata y egoísta, de no hacer caso a ni dios, de buscar siempre la diversión, el placer. Si ven a un chaval guapete, pues se lo dicen. Si ven a uno malformado, pues también. Y si echan un quiqui, lo hacen con entusiasmo. Quizás de manera intuitiva, de manera inexperta, pero con verdadero entusiasmo.
Aquí donde trabajo, en la conserjería, hay de todo. Desde chavalillas que van dejando la adolescencia hasta amas de casa de sonrisa complaciente, de esas que disfrutan ayudando a los demás, apadrinando niños de Bielorrusia o hasta comprando artilugios de teletienda. Yo diría que más que en un call center trabajo en un inmenso zoológico en el cual estudiar cerca de trescientas muestras de féminas.

Ya va para dos meses que empecé aquí, y me sigo quedando con las adolescentes. Si una chica de esas se aburre con tu conversación, te quiere echar un polvo o simplemente quiere que le pagues las copas, te lo dice a las claras. Luego, las chicas crecen, y esa autosuficiencia, esa altivez, ese “usar” a los tíos “según a mí me dé la gana” se relativiza y se convierte en un juego endiablado, del que viven los psiquiatras, claro. Cuando una moza entra en la treintena, los pechos ya desinchándose, las pistoleras creciendo, las ojeras marcándose, las amigas casándose con hombres con posibles, ya poco queda de esa chica rebelde y lujuriosa. Aquellos temas de conversación que resultaban pedantes ahora parecen interesarlas, esa mirada, entre desafiante y despreciativa, se vuelve de un fingido interés que más debe a las buenas maneras que a un ánimo por saber del otro, y los quiquis pasan de ser frenéticos a gimnásticos; un mero trámite que va atando los cabos sueltos entre dos personajes que comienzan su decadencia física.
Bueno, eso cuando hay quiqui de por medio. También las hay que se comportan como un perro con un árbol; nunca se acostarán contigo, te lo hacen saber y se lo cuentan a sus amigas, pero les encanta hablarte de lo mamoncetes que son los tíos (“oye, pero tú eres un encanto, ya te lo dije ayer”), de modo que se desnudan emocionalmente y (simbólicamente) te mean encima como forma de desahogo.
No hace mucho leí en un libro que un hombre y una mujer, nada más verse, deberían follar. Todo lo demás (restaurantes caros, pagar las palomitas en el cine, ir a ver cuadros impresionistas) es cultura. Y ése es otro asunto espinoso. Si te dicen “qué culto, qué inteligente…” posiblemente es que quieren apañar esa tesis doctoral que llevaba años muerta de risa con tus libros y tus consejos.
Ya a ciertas edades, rozando la treintena, acabo por pensar que son las putas las que me dan un sexo más sincero. Una profesional de ésas hace lo que gustes por dinero, no por mantenerte a su lado ni como chantaje emocional. Das dinero y obtienes lo que buscas, sin mayores ataduras ni posteriores malentendidos. Así que decido que en cuanto salga por la puerta voy a descargar con una lumi.
Entre mis manos tengo una novela, Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Se me acerca una treintañera mirando el filo del libro. ¿Estará haciendo una tesis doctoral sobre literatura fantástica?
-Debe ser muy bueno ese libro. ¿Te está gustando?
Te recomiendo el programa de Sánchez Dragó, y en las bibliotecas públicas hay un sinfín de libros, pienso.
-Está muy bien, sí- respondo.
Continuará...

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