P de Psicodrama


A. disfrutaba viendo sufrir a la gente, lo mismo que las abuelas leyendo necrológicas. No podía disimular ni reprimir su gozo ante las desgracias ajenas. Por eso mismo, cuando un amigo se acercaba a él para contarle sus problemas, no perdía la ocasión de escuchar con un interés que sólo en apariencia era sincero.
Muchos se dirigían a él confiadamente. No se daban cuenta de que, tras ese gesto inexpresivo, inalterable, se encontraba un espíritu insaciable, que no se cansaba de mascar tragedias.
Sin embargo, yo sí me daba cuenta de su juego. Cuando nos conocimos, él estaba de paso por Madrid. Había comprado una película en DVD titulada Persona, y argumentando que no tenía forma de verla, me pidió que le invitara a casa para verla juntos. Como buen anfitrión y Gordopilo que soy, le preparé una generosa merienda. Por no faltar, no faltaban los cafés, los bizcochos, la mantequilla, la mermelada, algo de queso y fiambre…
Lo cierto es que esa película me inquietó y me desagradó, y apenas pude comer dos bocados del bizcocho. Notaba que A. estaba más pendiente de mí, de mis reacciones y mis miedos que de la película en sí misma. Imagino en esos momentos que debía encontrarse con el mismo dilema que si estuviera en la cama con una asiática, un ama de casa lujuriosa y una latinorra caliente. ¿Adónde mirar? ¿Por dónde empezar? Lo mismo le ocurría. ¿En qué sufrimiento podía regodearse? ¿En el de las dos chicas de la película, que se inmolan psicológicamente una a la otra, o en el de su obeso anfitrión, o sea, yo, que ya no podía ni llevarme la taza de café a los labios?
Aquella velada fue completamente demencial, y desde entonces procuré no coincidir con A. a solas, o, al menos, no contarle mis problemas. Su voz pausada, su mirada fija, caían sobre mis heridas más como sal que como bálsamo.
Sin embargo, aunque con el paso del tiempo nuestros encuentros se han ido espaciando, no he dejado de recibir noticias de él. La última de esas noticias fue la más sorprendente, y aunque a otros amigos les extrañara, para mí resultaba más que coherente con él, con sus silenciosas aficiones.
Pocos comprendieron que dejara su trabajo, muy altamente remunerado, en un laboratorio, estudiando la mecánica de fluidos –y esa es una materia sólo apta para los que estudian mucho, ojo–. No les cabía en la cabeza que dejara atrás esa ocupación, sustituyéndola por otra como teleoperador. Atendía llamadas para el 112, el servicio de emergencias. Aquellos que habían tenido un accidente de coche, o que habían logrado escapar de su casa mientras ésta se venía abajo pasto de las llamas, encontraban consuelo y esperanza en las sosegadas palabras de A., quien, de esto estoy seguro, debía atender esas llamadas comiendo a la vez un fardo de palomitas, como quien disfruta de una peli de tiros.
Sé que todo esto es desconcertante, y no se me ocurre ninguna forma de extraer una conclusión, ni encuentro un final adecuado a estas palabras. Lo más que puedo decir es que me parece cojonudo que cada cual trabaje haciendo aquello para lo que vale. No hay que malgastar el talento.

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